Pero, al parecer, esta vez no había discutido lo suficiente, porque había accedido a conducir en medio de una tormenta de nieve para llevarle un informe a su casa. Emily tuvo un accidente con el coche, llegó helada y calada hasta las huesos y, para colmo de males, descubrió que la casa era minúscula y no disponía de ninguna habitación para invitados. ¡Una cosa era compartir el despacho, pero dormir en la misma habitación con el antipático señor Cunningham era otra completamente distinta!